ADORANDO EN LA PRISIÓN


Es fácil tararear canciones a Dios cuando todo va bien en nuestra vida. Pero ¿qué sucede cuando las circunstancias adversas llegan de repente, cuando las aguas se ponen turbulentas y las reglas del juego cambian, cuando nuestra fe es probada? ¿Cantamos de la misma manera? ¿O hay una resistencia callada y una queja silenciosa en nuestros corazones ante las pruebas? En Hechos 16: 16 - 40, se nos relata que Pablo y Silas se dirigían a una reunión de oración y tuvieron un "pequeño inconveniente", expulsaron un demonio de adivinación en una chica y, por esto, los desnudaron ante una multitud sedienta de sangre, los azotaron con brutalidad y los metieron en la cárcel. Y allí, para que no se escaparan, les apretaron los pies en un cepo. Pablo y Silas estaban haciendo las cosas bien, pero todo les salió al revés.  ¿Has sentido alguna vez que tú estás haciendo las cosas bien, pero nada funciona? Quizás has orado por tu matrimonio y se está hundiendo. O has orado por tus hijos y ellos siguen alejados de Dios y de ti. Has orado por tus finanzas y no mejoran. Has clamado al Señor por tu salud y nada ha cambiado. Has sido fiel en tu labor, en tu negocio o en tu emprendimiento, pero tus esfuerzos no están dando los frutos que estabas esperando. Has tratado de hacer lo correcto, de obedecer en lo secreto, de hacer el bien y, sin embargo, la vida te ha dado golpe tras golpe y te ha derribado. Si algo de eso está sucediendo en tu vida, entonces, ya puedes ponerte en los zapatos de Pablo y Silas. Cuando fueron encarcelados, estaban sangrando, llenos de moretones, el cuerpo les dolía y las heridas les ardían, pero ellos no estaban amargados ni enojados ni angustiados, ellos estaban adorando.  Mas a medianoche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios; y los que estaban presos los oían. Hechos 16: 25

Tal vez en una situación como esa, nosotros no estaríamos cantando como ellos. Pero Pablo y Silas lo hicieron. Y mientras cantaban, hubo un gran terremoto y los cimientos de la cárcel se movieron y las cadenas se rompieron, y no solo las de ellos, sino las de todos los prisioneros. Y las puertas de la cárcel se abrieron de par en par. Y el soldado que los custodiaba entregó su vida a Cristo, curó las heridas de Pablo y Silas, se bautizó él y toda su familia, y, al final, Pablo y Silas salieron libres. 

Ante esa situación, la adoración tomó un sentido más profundo en la vida de Pablo y Silas. Como expresó Tertuliano:

"Las piernas no sienten nada en el cepo cuando el corazón está en el cielo".

La presencia de Dios los hizo libres en medio de ese momento tan difícil y doloroso. Ellos no esperaron a salir de la cárcel para adorar, lo hicieron mientras sus heridas sangraban y seguían encarcelados. No esperaron a que sus circunstancias cambiaran, lo hicieron mientras todo estaba mal. Ellos no cantaban y oraban por un milagro, cantaban dentro del problema, antes de cualquier solución.

Las cosas cambiaron para Pablo y para Silas, pero quizás nuestra situación en este momento no ha mejorado, así que, adoremos al Señor. Porque la adoración más real y más profunda, la ofrecemos cuando estamos en oscuridad, cuando estamos en el lodo cenagoso y en las aguas turbulentas. Es este tipo de adoración la que sacude los cimientos de nuestra vida.

Hoy Dios nos invita, a ti y a mí, a cantar en las oscuridad de las circunstancias, a adorar en las largas salas de espera, a alabar entre “el ahora” y “el entonces” y a entonar canciones de amor al Señor con los pies atados en el cepo. Sí, Dios nos invita a confiar en Él y a descansar en su gracia para nosotros.

Hace poco leí la historia detrás del himno: “Mi alma está bien”, escrita por Horatio Spafford en 1873. Este hombre envió a su esposa y a sus cuatro hijas a Inglaterra de vacaciones mientras él atendía unos negocios. Pero la embarcación en donde iba su familia, chocó con un velero de hierro y el barco se hundió en doce minutos. Doscientas veintiséis personas murieron, entre ellas sus cuatro hijas. Su esposa sobrevivió y la encontraron inconsciente flotando en un  pedazo de madera. Cuando él viajó a Inglaterra para reunirse con su esposa, el capitán lo llamó al puente del barco y le mostró el lugar en donde había sido la tragedia, y él se fue a su camarote y compuso este himno:

Cuando la paz como un río atiende mi camino cuando las penas ruedan como las olas del mar; cualquiera sea mi parte, me has enseñado a decir, «está bien, está bien con mi alma».
Aunque satán golpee, aunque vengan las pruebas, esta bendita esperanza está al control: que Cristo ha observado mi desesperada situación, y ha derramado su propia sangre por mi alma. Mi pecado oh, ¡la dicha de este glorioso pensamiento! Mi pecado, no en parte, sino en su totalidad, está clavado en la cruz, y ya no lo cargo más.
¡Alaba al Señor, alaba al Señor, oh alma mía! Oh Señor, apresura el día en que vea mi fe, las nubes se enrollarán como un pergamino; la trompeta resonará y el Señor descenderá; allí entonces, estará bien mi alma. Nuestras almas están bien, si Cristo es nuestra esperanza.

Señor, ayúdanos a adorarte en medio de las dificultades, que nuestro corazón exalte tu nombre, aunque las circunstancias aprieten y no todo esté mejorando. Amén. Hasta la próxima publicación. A.L.

Comentarios