UN COSTO BASTANTE ALTO Por Adriana Patricia


“Y Jefté hizo voto al SEÑOR, diciendo: Si entregares a los amonitas en mis manos, cualquiera que me saliere a recibir de la puertas de mi casa, cuando volviere de los amonitas en paz, será del SEÑOR, y le ofreceré en holocausto (ofrenda quemada)”. Jueces 11: 30 – 31 

“Y ella con amargura de alma oró al SEÑOR llorando abundantemente; e hizo voto, diciendo: SEÑOR de los ejércitos, si te dignares mirar la aflicción de tu esclava, y te acordares de mí, y no te olvidares de tu esclava, mas dieres a tu esclava simiente de varón, yo lo dedicaré al SEÑOR todos los días de su vida, y no subirá navaja sobre su cabeza”. 1 Samuel 1:10 - 11 

“Así que, hermanos, deudores somos…” Romanos 8:12

He estado meditando en estos días acerca de estos versículos y el Señor ha estado enseñándome. El hecho de que yo escriba o enseñe algo de parte de Dios, no quiere decir que ya sea perfecta y todo esté resuelto en mi vida, yo tengo mis batallas, todos los días tengo que ser salvada de mí misma, todos los días necesito que el Señor le quite la fuerza a mi yo que se quiere levantar por encima de Su señorío, todos los días los vivo baja la Gracia de Cristo; el Señor me permite escribir, porque en el proceso Él me enseña y me hace ver cada vez más que sin Cristo no soy nada y que mi única posibilidad es Él en mí.

Cuando el Señor me regaló esta enseñanza, trajo a mi memoria un evento en particular, sucedió hace 22 años. Al lector pueda parecerle algo muy insignificante y hasta pintoresco, pero realmente Dios me enseñó una verdad profunda acerca de Sus caminos, verdad que aún la sigue estableciendo en mi vida. Dios usa las cosas de la vida diaria para enseñarnos acerca de Sus caminos, acerca de nosotros mismos y para que hagamos una aprehensión de Cristo.

Cuando mi perrita Taty dio a luz a sus cuatro bellos perritos, yo estuve en su parto y pude ver la maravilla de estos nacimientos; su segundo cachorro fue hembra y tuvo inconvenientes; apenas salió de su vientre, yo la tomé en mis manos, era tan diminuta y tan frágil que me llenó de ternura. Fue amor a primera vista, me enamoré de esa cachorrita, la amé más que a la mamá perruna, la bauticé Piki y era mi preferida por encima de los otros cachorros.

Una noche yo iba bajando por las escaleras y no me percaté de que Piki estaba en el último escalón y cuando puse el pie, pisé su cabecita, ella gritó de dolor, a mi perrita preferida la había pisado con todo el peso de mi cuerpo, corrí para llevarla a urgencias; el veterinario no puso buena cara, la dejé hospitalizada y me dijo que regresara más tarde. Yo llegué a mi casa, me postré y oré al Señor por la salud de mi pequeña Piki e hice voto al Señor, mi oración fue: “Señor, si sanas a mi perrita y le das la vida, te prometo que se la daré a mi amiga Esperanza de Jiménez, porque a ella se le acaba de morir su mascota y anda muy triste por eso, yo me desprendo de mi pequeña Piki, pero sánala”. Me levanté creyendo que así sería.

Llegué a la veterinaria, y el veterinario me dijo que si la perrita no caminaba esa noche, tocaba sacrificarla; yo solo lloraba y me culpaba, pero creía firmemente en un milagro del Señor para mi mascota. Llegamos a casa, la consentía y le decía: “párate Piki, tú puedes”; a la media hora mi perra se paró y comenzó a caminar, mi mascota se salvó y quedó completamente sana, y ¿saben qué pasó?, no le cumplí el voto al Señor, no cumplí la promesa que le había hecho, había olvidado mi oración y aunque le di las gracias y la Gloria a Él, me hice la loca, mi voto fue olvidado, hasta que el Señor me lo recordó y tuve que llorar amargamente; sin embargo, no le llevé la perra a mi amiga, hice de cuenta que el Señor tenía Alzheimer. Mi Piki duró quince años a mi lado y murió en mis brazos cuando ya era ancianita.

Esto me hace recordar este versículo de antaño: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso ¿quién lo conocerá? (Jeremías 17:9).

Pero, Dios en Su infinita sabiduría tenía esa lección preparada para mostrarme la realidad de mi corazón, realidad que seguirá mostrándome cada día.

Esta historia de Jefté, es una de esas historias de la Biblia que lo dejan a uno perplejo cuando es leída. El compromiso de Jefté con el Señor fue real y contundente, y no podía retractarse a última hora. La hija de Jefté era su única hija, la amada de su corazón y la había ofrecido al Señor como holocausto; el original dice, como ofrenda quemada y ella no conocería varón, sería virgen hasta su muerte.

Aquí hay dos historias que se enlazan la una con la otra, hay dos corazones entrelazados en este relato. Un hombre que en su deseo de ganar la batalla, hace un voto al Señor, lo que nunca se imaginó fue el costo de ese voto para él y para su hija. Ninguno de los dos se retractó ante el Señor, ambos tuvieron que ceder lo que cada uno más amaba. Jefté tuvo que dejar en el altar de Dios a su hija, le entregó todo lo que tenía, él no conocería nietos y no tendría descendencia, su familia se extinguiría en Israel, eso en esa época debía ser algo muy difícil, ya que rompió sus vestidos y se abatió mucho. Por otro lado estaba su hija, su única, ella obedeció el voto de su padre, el voto fue de su padre, no de ella; sin embargo, ella obedeció, porque el Señor les había dado la victoria, porque estaba en deuda con el Señor a causa de la salvación de Israel de manos de sus enemigos. Una joven que como cualquier otra quería formar un hogar y tener hijos, tener descendencia y no pudo. Cuando alguien decide por su propia cuenta hacer esto, no trae dolor al corazón, pero cuando hace parte del voto de otro, esto cuesta y duele. Ella endechó su virginidad perpetua como endechar un muerto.

Miren lectores, si hay algo que más duela en el corazón de una mujer es no poder tener un hogar, esposo e hijos, y más cuando se desea con el corazón, lo sé por experiencia propia. La viudez y la esterilidad eran consideradas una tragedia en el pueblo de Israel, por eso Dios se compadecía de estas mujeres, porque Él sabía lo difícil que esto era para el corazón de una mujer.

Y con esto en mente y en el corazón, prosigamos.

Tomemos nota de esto, si amamos al Señor con todo nuestro corazón y queremos obedecerlo esto tendrá un costo bastante alto. Nuestra deuda con la Gracia del Señor Jesucristo es muy alta y lo único que podemos hacer es rendir todo lo que somos y lo que tenemos como un holocausto para Él, como una ofrenda quemada en Su altar, aun nuestro libre albedrío es dejado a Sus pies cuando amamos al Señor, eso es ceder al Señor todo lo que somos.

La ofrenda quemada era una de las ofrendas ofrecidas por los Israelitas, la ofrenda quemada tiene que ver con una vida de obediencia a la voluntad de Dios, es presentar nuestros cuerpos en sacrifico vivo, santo y agradable para el Señor. Todo debe ser entregado al Señor, (ver Levítico 1:10).


“Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro racional culto” Romanos 12:1.

El altar hace posible que la muerte se transforme en vida. Es una ofrenda para presentarnos a nosotros mismos, es morir a nuestra propia vida en ese Altar, es dejar que Dios extermine por completo nuestro yo, para recibir la vida de Cristo. Es aceptar que nada de lo que somos en nosotros mismos satisface el corazón del Señor, solo nuestro Señor Jesús es quien llena las expectativas de Dios Padre, solo Él llena Sus requisitos, solo Él satisface los deseos de Su corazón. Y todo lo que Dios recibe de nosotros es la Vida de Cristo vivida dentro de nuestro ser.

Cristo ascendió al cielo, pero debe ascender en nosotros y tomar Su lugar de gobierno, todo lo que no sea Cristo debe ser derribado y removido para siempre, nuestro yo debe ser destronado, ese yo que dice: “yo quiero”, “yo hago”, “yo pienso”, ese yo debe ser dejado como holocausto en el altar de Dios.

Cuando entramos en conflicto con el Señor ante Su voluntad, revela que todavía está activo nuestro yo, es por esto que las pruebas a veces se vuelven tan intensas con el paso de los años, puesto que nuestro yo todavía se resiste, todavía reclama, patalea y no cede. Cuando nuestros deseos, nuestras preferencias, nuestros gustos personales se imponen y tomamos decisiones creyendo que lo hacemos para el Señor; no obstante, lo estamos haciendo para nosotros mismos, en ese instante somos puestos a prueba y el Señor tiene que iluminar nuestra oscuridad.

El Señor puso a prueba a Jefté y a su hija, Dios puso a prueba a Ana y ellos pasaron la prueba. Dios me puso a prueba aquella vez y no la pasé, y créanme, de ahí en adelante, Dios ha tenido que enseñarme grandes lecciones al respecto.

Hay una ley de enorme valor espiritual para el Señor y es ser hábiles en dejar ir. Cosa que todavía nos falta mucho, ¿verdad?

El Señor Jesús fue experto en dejar ir, no se aferró a nada, ni en el cielo ni en la tierra, (ver Filipenses 2: 5 – 9). Todo está centrado en la voluntad humana. Puede que haya sido algo que el Señor nos proporcionó y esto se apoderó tanto de nosotros, que somos incapaces de soltarlo, sosteniendo algo de Dios para nosotros mismos, lo cual trae ansiedad al corazón.

Esto fue lo que tuvo que ofrecer Jefté, su hija representaba lo que más amaba, representaba su propia vida. Como dijo el diablo ante el Señor: “Piel por piel, todo lo que el hombre tiene dará por su alma” Job 2: 4. El hombre natural no quiere morir, nosotros en nuestra naturaleza caída, no queremos morir a nuestra voluntad. Por eso Dios nos pone a prueba.

Si nos ponemos en los zapatos de estos dos personajes, podemos percibir lo duro que fue este holocausto, para ambos no fue cosa fácil; él entregó su hija y la esperanza de tener descendencia en Israel, y ella entregó al Señor su virginidad para dedicarse solo a Él. Hay muchas especulaciones con respecto a esta historia, se han escrito muchas tonterías al respecto, pero eso no nos concierne para este artículo, el Espíritu Santo nos guiará a entender el verdadero significado de esta enseñanza y traerla a la luz de Cristo. Lo que si hay que aclarar, es que Jefté no quemó viva a su hija, como algunos aseguran.

Estamos en deuda con el Señor, nuestra vida es Cristo ahora, nada de lo que nos ha sido dado nos pertenece, todo es de nuestro Cristo. 


“Con Cristo estoy juntamente colgado en el madero, y vivo, no ya yo, sino vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo por la fe del Hijo de Dios, el cual me amó, y se entregó a sí mismo por mí”. Gálatas 2:20.


Ana, la madre del profeta Samuel, había pasado por mucho dolor y angustia, por mucha humillación por parte de Penina. No obstante, Ana no se aferró a Samuel, a pesar de tan larga espera, no fue posesiva con el bien más preciado que le había dado el Señor, ella lo dejó al Señor en el Templo, lo ofreció como un sacrificio de amor a Dios, estaba en deuda con la Gracia de Dios, había en ella un total desinterés y una total rendición a los intereses del Señor.

Después de soportar toda esa humillación por tantos años, después de tan larga espera hasta que el Señor abrió su matriz, ella hubiera podido retener a Samuel, él no era una simple mascota como mi perra (aunque no tengo excusa), era su primer hijo, anhelado con todo el corazón; sin embargo, lo devolvió al verdadero dueño sin pensarlo; solo un corazón que se rinde por completo a Él, puede conocerlo, puede reconocer Su grandeza, Su fuerza y Su poder, tan solo lea, querido(a) lector(a), la hermosa oración que surgió del corazón de Ana cuando dejó a Samuel en el Templo. 


Cuando retenemos al Señor toda nuestra vida hay esterilidad, pero cuando lo rendimos todo a Él, cuando rendimos todo lo que somos en nosotros mismos, Su plenitud en nuestras vidas se expande. Ana luego tuvo tres hijos y dos hijas, el número cinco no solo representa la Gracia de Dios, sino la responsabilidad de Cristo ante el Padre para cumplir el Propósito Eterno de Dios en nosotros.


Como dijo Austin Sparks: En el camino a la fecundidad hay dos cosas básicas, llegar al reposo de Dios en Su Hijo y el abandono de nosotros mismos por el interés de Su Hijo y encontrar nuestro Todo en Él.

Lo que nos debería mover a ceder toda nuestra vida a Él, es el amor que arde en nuestro corazón por Jesús, el costo es alto, pero vale la pena, porque el objeto de nuestro amor lo vale todo. Esta es la verdadera razón de dejar ir, por amor a Cristo.

Cuando escribí acerca de María Magdalena entendí que ella encarnaba ese amor por el Señor de forma absoluta. Entregarnos a Él, consagrarnos a Él y servirlo a Él, nace de nuestro amor por Él, de ese amor que hemos conocido y experimentado, cuando ese amor nos inunda no hay nada más que nos aferre, no hay nada que poseer, no hay nada que retener, no hay nada más que nos interese. Somos siervos de Él en la medida de nuestro apasionado amor por Él.

La iglesia de Efeso perdió lo más importante, aunque tenía todo lo demás, perdió el amor profundo por el Señor, su primer amor. “…Has dejado tu primer amor”, esta palabra “dejado”, es afíemi en el griego, que significa abandono, de una partida.

Lo único que justifica nuestra existencia en este mundo es ese amor por Él, lo único que nos motiva es ese amor, lo único que nos pone en marcha para ir donde sea, es por amor a Él. Su gracia nos alcanzó, estábamos necesitados de Él y Él vació Su vida en nosotros a través de Su Santo Espíritu. Él es la vida que nos mueve, ya no vivimos nosotros, vive Él en nuestras vidas, somos deudores de Cristo, le debemos todo.

Cuando Cristo les fue quitado aquel día en esa cruz, el deleite de los ojos de todos Sus discípulos y de todas esas mujeres que lo amaban, fue quitado para ver cuánto de Cristo había en cada uno de ellos; algún día todo lo que vemos ahora será quitado, nuestras eternas reuniones, nuestras denominaciones, catedrales, doctrinas, programas, métodos y demás, todo será quitado para ver cuánto de Cristo hay en todo esto, cuánto de eso es amor por Cristo.

Solo el amor por Él nos mantendrá vivos a pesar de todas las cosas, la vida cristiana tiene sentido a pesar de todas las pruebas, circunstancias difíciles y toda la tensión que se produce diariamente, porque amamos a Jesús.

Pablo se mantuvo en marcha por amor a Cristo. Esteban se mantuvo con sus ojos al cielo, mientras era apedreado, porque amaba a Cristo; ¡qué escena tan escalofriante aquella!, mientras destrozaban su cuerpo con piedras, el corazón de este hombre soportaba por amor a Jesús, porque sus ojos habían visto al Señor resucitado, su corazón vibraba de amor por Él.

Necesitamos urgentemente que nuestro amor por Él se incremente para que no tengamos en cuenta el costo a pagar ni mucho menos la recompensa. Los días se están poniendo cada vez más difíciles y el Señor cada vez más nos está poniendo a prueba, necesitamos que nuestro amor por Él sea real y contundente. La Iglesia de Cristo no necesita más siervos profesionales de tiempo completo que hagan una labor ministerial, necesitamos personas que amen al Señor y que por ese amor que vibra en su interior puedan dar testimonio de Él. Si el amor por Cristo no es lo que nos mueve, nuestra vida cristiana es miserable, pobre y sin vida.

Mientras escribía el libro de Magdalena mis ojos lloraban al ver el amor de esta mujer por Jesús, no quiero parecer demasiado sentimental, aunque las mujeres lo somos por naturaleza, pero ese amor de los dos me quebrantó el corazón y deseé ser ella. El Señor me mostró Su objetivo al guiarme para escribir este libro, mostrar el lado afectivo del amor hacia el Señor, su devoción y su servicio a Él, representado por una mujer, por eso se escribió para corazones.

El libro no se escribió para empoderar a las mujeres o para apoyar de alguna manera el feminismo, ese no fue el objetivo del Espíritu Santo, y aunque sé que Dios nos usa como mujeres en el ministerio, porque para el Señor ya no hay distinciones, el Señor quería hacer notar que esta mujer reúne todas las características de alguien apasionado por el amor de Cristo, ella estaba en deuda con el Señor, al igual que lo estuvo Pablo y al igual que lo estamos cada uno de nosotros.

Lo que debe ocupar nuestra existencia es nuestra devoción absoluta por Cristo, al punto de dejarlo todo en holocausto ante Él, toda nuestra vida en sacrificio en el Altar de Dios. Cada cual tendrá que dejar lo más valioso en el altar del Señor y no estoy diciendo que todas las mujeres tengan que quedarse sin casarse como la hija de Jefté, no se asusten queridas jóvenes solteras, nuestro sacrificio es dejar nuestra voluntad al Señor, rendir nuestro propio yo con todo lo que eso significa.

Que el Señor nos libre de darle las migajas de amor a Él. Captar la profundidad de este voto hecho por cada uno de ellos, nos debe llevar a reflexionar delante del Señor, captar la profundidad con que María le dijo al Señor “Raboni” nos tiene que llevar a reconocer el inmenso amor que debe movernos en nuestra vida cristiana, menos de eso es ser mezquinos con Dios. Para María todo giraba en torno a Jesús, y así tiene que ser con nosotros, cuando lo vemos a Él, entendemos que con Él están ligadas todas las cosas y que fuera de Él no hay nada.

Sí, el costo es alto, ya que Cristo debe ser forjado en nosotros. El candelero del que habla Zacarías en el capítulo 4, era de oro, porque la naturaleza de Cristo debe ser formada en nosotros; el oro se refina y se perfecciona en el fuego, y así tiene que ser formado Cristo en nosotros, si vamos a ser el reflejo de Él y los vasos de Su testimonio, el Señor lo hará a través del fuego. En la medida que somos ajustados a Su imagen y puestos en la línea de Su corazón, habrá conflicto. Recordemos que cuando las placas tectónicas se acomodan en la tierra surgen los terremotos, así mismo cuando Dios nos ajusta a Su medida, hay terremoto en nuestra vida y todo lo que somos en nosotros mismos se derriba.

Si nuestro yo sigue actuando, así sea de forma muy devota tendrá que ser demolido por completo, todo tendrá que ser tamizado, purgado, pulido, cercenado y demás. Cuando el Señor toma las riendas, Él tiene que ser muchas veces drástico con nosotros, pero con un inmenso amor, un amor que no se cansa, que no se apaga. El Señor no cambia de parecer, Él no nos ama en la mañana y ya en la tarde no tanto, Él nos ama a pesar de nuestra resistencia, porque se acuerda que somos polvo, solo que va ajustando las tuercas de a poquito.

Zacarías 4, también habla de los siete ojos del Señor, porque el Señor lo sabe todo, lo ve todo, lo entiende todo y nada se le escapa. Él sabe dónde termina Él y donde comenzamos nosotros, Él no deja pasar nada de nuestras vidas. Al Señor no lo podemos engañar. El Señor está buscando un Cuerpo que lo represente, que sea Su imagen, que sea Su expresión y para esto debe forjar a Cristo en nuestro interior. Y cuando Cristo es nuestra vida, podemos ser esos vasos de Su testimonio, y otros verán cuánto de Cristo tenemos. Lo demás es pura religión.

El pueblo de Israel tuvo esa batalla en su corazón por cuarenta años, Dios debía probarlos para que ellos conocieran la verdad de su corazón, para que aprendieran a ceder, a dejar ir, a que repudiaran lo que era contrario a la voluntad del Señor.

Ellos debían repudiar a Egipto con todo su corazón en el desierto, no solo cuando salieron de allí, para entrar a la tierra prometida, era un trabajo de Dios interno. Hasta que su corazón fuera por la tierra y para la tierra, no podían poseerla.

Nuestra tierra es Cristo, cuando entramos en Él y Él es nuestra simiente cuando Él entra a nosotros por Su Espíritu. Solo lo que Dios forje en nuestro ser, puede producir a Cristo como simiente, nada de lo que somos o tenemos puede hacer esto, todo debe ser considerado basura y estiércol, como lo consideraba Pablo. Si queremos cumplir el propósito de Dios, debemos dejar que Cristo si o si sea forjado en nosotros.

Solo Josué y Caleb estaban por el Señor, ellos exterminaron en su corazón a Egipto y abrazaron la tierra que Dios quería darles. Esto explica los tratos y las pruebas de Dios con nosotros y podemos descansar en que Él tiene el control de todo. Cuando dejamos a nuestro Isaac en el altar, no es porque sepamos que lo vamos a recuperar, lo dejamos debido a que simplemente Dios lo requiere y amamos obedecerlo, y tal vez nunca será devuelto, esta es una batalla del corazón, pero también es nuestra victoria.

La tierra fue conquistada en el reposo de Dios. Nuestro sábado es Cristo (no un día especial a guardar), puesto que en Cristo, Dios ha culminado todas Sus obras y ha entrado en Su reposo. Reconocer a nuestro Señor Jesús como el descanso de Dios es la vida que vence la muerte.

Forjar a Cristo en nosotros nos hará candeleros de oro y para esto debemos pagar un alto costo. Solo Cristo es la base de nuestra conformidad y fuera de Él no tenemos nada, solo vacío, esterilidad, religión muerta. Cristo quiere hacerse real en cada uno de nosotros y todo lo que es Él quiere hacerse vivo en nuestras vidas. Si Cristo no es más en nosotros, solo somos niños espirituales.

Nuestro amor por Él nos debe llevar a desearlo más que todas las cosas, a querer estar con Él, a verlo mucho más, a conocerlo en mayor profundidad, a orar fervientemente por sabiduría y revelación en el conocimiento de Cristo, ese amor por Él nos debe llevar a rendir a Sus pies toda nuestra vida, implique lo que eso implique. Para Jefté implicó su hija, para su hija implicó su virginidad, para Ana su Samuel, y para nosotros, ¿qué implicará? 


Como dijo G.D. Watson: Ningún esplendor en la creación puede compararse con los encantos deslumbrantes que un alma ardientemente amorosa percibe en Jesús. Grita, con San Pablo, "¡Oh, la profundidad de las riquezas!" Es esta visión la que hace que el alma anhele y ore, y llore lágrimas amorosas, y sueñe una y otra vez con la inefable transformación de ser hecho como su Novio celestial.

“Señor ayúdanos, recuerda que somos polvo y necesitamos de ti. Si nos soltamos de ti, no nos queda nada. Sabemos que el costo a pagar es alto y en nosotros no está la fuerza para hacerlo, necesitamos de la Gracia de Cristo para cada día y necesitamos que Su vida se expanda en nosotros, necesitamos amarlo mucho más por encima de todas la cosas, de todas las personas y de todas las circunstancias. Ayúdanos Señor”.

Su hermana en Cristo,

Adriana Patricia

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