ESPERANZA CONTRA ESPERANZA

 


“Tus misericordias son nuevas cada mañana”, decimos en voz alta, lo cantamos, lo leemos con vehemencia, pero olvidamos en qué momento nacieron. Estas palabras nacieron en la aflicción de Jeremías, en un momento de mucho dolor, de persecución, de encarcelamiento, del sufrimiento por la situación espiritual de su nación.

Si leemos el capítulo 3 de Lamentaciones, desde el versículo 1 hasta el 17, vemos que es un clamor del corazón de Jeremías, él estaba realmente afligido. Su oración fue profunda y marcada por la aflicción.

Jeremías es uno de mis profetas preferidos. Comenzó su ministerio muy joven, a la edad de 17 años, fue escogido por Dios desde el seno materno, pasó la mayor parte de su vida como un ermitaño, se le prohibió casarse, lloró mucho por su nación, por eso fue llamado el profeta “llorón” y fue odiado por su profecía.

Como dijo Austin Sparks: 
“Un hombre con la gloria de Dios, será impopular”. Y Jeremías lo era.
“Me despedazó, me llenó de amarguras, me embriagó de ajenjo”, fueron algunas de sus palabras que tocaron mi corazón y pude imaginarme ese dolor, esa angustia de su alma.

“Pereció mi fortaleza y mi esperanza en el Señor”, estaba enormemente afligido y por sus palabras parecía que había perdido su fe en el Señor; “porque mi alma está humillada”, ¡qué gran angustia la de su alma! Me imagino sus lágrimas y su lamento, porque yo también lo he vivido, quizás no de la manera que él lo vivió, pero si he tenido esos momentos en que mi corazón ha desfallecido a causa de la aflicción.

Luego sigue diciendo: “Esto reduciré a mi corazón, por tanto, esperaré”, significa que todavía había esperanza en el corazón de Jeremías; esta es la esperanza que necesitamos en tiempos de aflicción, una esperanza en el Señor, no en nosotros, ni en las cosas externas, no en los hombres, ni en nuestras capacidades para resolver los asuntos que solo el Señor puede resolver, porque hay cosas que se salen de nuestras manos y solo el Señor puede ayudarnos.

La esperanza es aferrarnos al Señor como la única respuesta que tenemos en nuestra necesidad, en nuestro sufrimiento, en nuestro dolor, cuando ya no ha quedado nada más y solo lo tenemos a Él. Es aferrarnos a sus promesas, es creer que, a pesar de todo, el Señor tiene el control de nuestra vida y de todas las circunstancias que nos rodean. Es creer que todas las cosas ayudan para bien a los que aman al Señor, que nada dura para siempre y que todo dolor algún día no será más.

Y mientras eso sucede, las lágrimas se derraman como se derramaron en la vida de este profeta. Hasta discutimos con Dios porque no entendemos lo que está pasando. Eso nos hace seres humanos.

Sin embargo, Jeremías no había perdido la esperanza, estaba atribulado, perseguido, con un dolor profundo en su alma; pero tenía esperanza, sus palabras siguientes nos lo dicen: “es por la misericordia del Señor que no hemos sido consumidos porque nunca decayeron sus misericordias, nuevas son cada mañana”. Este versículo nació en la aflicción, estas palabras fluyeron como un río desde lo profundo de su ser en medio de las lágrimas de su clamor. La misericordia de Dios no acaba, no termina, no decae aun en los momentos de mayores tormentas en nuestra vida. Jeremías se aferró a esa esperanza.

Nuestra esperanza está puesta en un Dios vivo, en una persona, no en el resultado, ni en los métodos, ni en nada ni nadie más. Por eso el versículo 16 del capítulo 4 de Romanos dice que Abraham creyó en esperanza contra esperanza, es decir que su esperanza estaba puesta en una persona, en Dios. Incluso cuando no veamos ninguna solución en el horizonte, creamos que el Señor cumplirá sus promesas y nos sacará del pozo de la desesperación, como dice el Salmo 40:2.

Luego, en los versículos 24 al 26, Jeremías ora: “Mi parte es el Señor. Dijo mi alma; por tanto, a él esperaré. Bueno es el Señor a los que en él esperan, al alma que le buscare. Bueno es esperar callando en la salvación del Señor”. Jeremías esperaba al Señor en medio de su dolor, de su angustia, de la aflicción de su alma.

Él sigue diciendo: “antes si afligiere, también se compadecerá según la multitud de sus misericordias”.

¿En dónde nacen esas oraciones de Jeremías, esas oraciones que son dignas de ser repetidas?, en los momentos de mayor dolor en el corazón de él. ¿En dónde nacen esas oraciones profundas de nuestros corazones?, en los momentos de mayor opresión.

Jeremías derramó su corazón delante del Señor en esos momentos, el Señor no desprecia un corazón contrito y humillado; como cuando María de Betania se postró a los pies de Jesús llorando la muerte de su hermano y diciéndole:” Señor si hubieras estado aquí mi hermano no habría muerto”, Él era su esperanza. Y estas palabras y este llanto conmovieron a nuestro Señor.

Él está con nosotros en esas oraciones para consolarnos, cuando nuestras fuerzas se agotan y solo nos queda Cristo, podemos correr a sus brazos y allí verlo como nunca antes lo hubiéramos podido ver. Volver nuestro rostro a Él, es encontrar refugio en medio del dolor. Volvernos a Él con la esperanza que el Señor es nuestro socorro y nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Es en esos tiempos que sabemos que el Señor es fiel, que sus misericordias son nuevas y que su amor no decae.

En el versículo 33 Jeremías nos da una palabra maravillosa de consuelo: “Porque no aflige ni acongoja de su corazón a los hijos de los hombres”. Esto significa que Él no se complace en hacernos la vida difícil, que todo tiene un propósito en las manos de Él. ¡Qué gran revelación para Jeremías en ese momento, qué descanso, qué consuelo, qué gran esperanza! Todas las cosas ayudan para bien a los que aman al Señor. El Señor Jesús fue un ejemplo de ello: “por lo que padeció, aprendió la obediencia”.

“Porque así dijo el SEÑOR: Cuando en Babilonia se cumplieren los setenta años, yo os visitaré, y despertaré sobre vosotros mi buena palabra, para tornaros a este lugar. Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dijo el SEÑOR, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis. Entonces me invocaréis, y andaréis en mis caminos y oraréis a mí, y yo os oiré; y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón. Jeremías 29: 10 - 13

Todo lo que sucede en nuestras vidas primero pasa por las manos de Él.

“Y él le dijo: Como suele hablar cualquiera de las locas, has hablado. Está bien: recibimos el bien de Dios, ¿y el mal no lo recibiremos? En todo esto no pecó Job con sus labios”. Job 2:10

¿Quién será que diga, que vino algo que el Señor no mandó? Lamentaciones 3: 37.

Y en Jeremías capítulo 31 el Señor nos da sus maravillosas promesas en medio de toda aflicción:

“Irán con lloro, mas con misericordias los haré volver, y los haré andar junto a arroyos de aguas, por camino derecho en el cual no tropezarán; porque seré a Israel por Padre, y Efraín será mi primogénito…Entonces la virgen se alegrará en la danza, los jóvenes y los viejos juntamente; y su lloro tornaré en gozo, y los consolaré, y los alegraré de su dolor…Así dijo el SEÑOR: Reprime tu voz del llanto, y tus ojos de las lágrimas; porque salario hay para tu obra, dice el SEÑOR, y volverán de la tierra del enemigo. Esperanza también hay para tu fin, dice el SEÑOR, y los hijos volverán a su término…Porque embriagué el alma cansada, y llené toda alma entristecida”.

Lamentablemente, en este lado, el sufrimiento hará parte de nuestro camino y no será quitado, porque hace parte de nuestro entrenamiento, pero si se nos promete un futuro glorioso en Él, una vida llena del amor de Cristo, el consuelo de Él en las más recias circunstancias, su ternura que nos acompaña, su gozo que es nuestra fortaleza, Cristo es nuestra gloriosa esperanza.

Hoy podemos elegir la esperanza en medio de las circunstancias más difíciles por las que estamos atravesando, en vez de elegir la autocompasión, la continua tristeza, la depresión o la queja. Como dijo el Apóstol Pablo en 1 de Corintios 13: 13: Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor.

Miremos a Jeremías y veamos la esperanza en el Señor reflejadas en sus palabras, Dios nunca nos defraudará si confiamos en Él. Esa esperanza nos sostendrá en medio de toda aflicción, esa esperanza que nos dice que el Señor no nos dejará ni nos abandonará, que nada nos separará de su amor y que sus misericordias son nuevas cada mañana.

Porque tú eres mi esperanza, Señor DIOS; seguridad mía desde mi juventud. Salmo 71: 5

Hasta la próxima.

AL

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