ENTREGANDO EL CONTROL
Sin embargo, es un dios que debe ser derribado. El deseo de control nació por la caída de Adán y Eva. Ambos quisieron estar en independencia de Dios y controlar la situación, haciendo las cosas a su manera. Hicieron su propia elección. Y nos metieron en un gran lío. Es por esto que existe una gran necesidad en controlar las situaciones y a las personas que nos rodean, pero esto es imposible, no podemos controlar nada.
El control es una enfermedad grave que carcome el amor, la alegría, la gracia, la espontaneidad, la libertad y la paz. Nos entrometemos en los asuntos de Dios y, lo más terrible, en los asuntos de los demás. Nos gusta opinar y corregir a otros, diciéndoles lo que deben hacer, lo que deben cambiar, cómo deben responder a los desafíos de la vida y muchas cosas más. Entonces, el control nos hace ser rápidos para actuar, rápidos para responder, rápidos para hablar y rápidos para dar consejos que no nos han solicitado.
El control hace que queramos hacer las cosas a nuestra manera, sacando a codazos al Señor, para tomar la iniciativa, sin importar lo que Él piense. Y cuando las cosas no salen como esperamos, estallamos en ira, los pelos se nos encrespan e ideamos otras estrategias, para arreglar las cosas que nosotros mismos ocasionamos por el deseo de controlar la situación.
Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él. Dijo entonces Jesús a los doce: ¿Queréis acaso iros también vosotros? Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Juan 6: 66 - 68
Oyendo el joven esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones. Entonces Jesús dijo a sus discípulos: "De cierto os digo, que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Mateo 19: 22 - 23
Estos versículos muestran al Señor Jesús sin una gota de necesidad de controlar. Y la única persona en el universo que tendría ese derecho, es Dios y, sin embargo, no lo hace. ¿Por qué? Porque nos ama y lo opuesto al amor, es el control. Jesús dejaba ir a las personas, no las obligaba a quedarse. Si se quedaban, debían hacerlo por amor, no por obligación (suspiro). “El hijo no puede hacer nada, sino lo que ve hacer al Padre”. (Juan 5: 19). Jesús no tomaba el toro por los cuernos.
Cuando soltamos el control, nos damos cuenta de que los demás se las arreglan sin nosotros, los demás hacen su labor sin que les estamos dando consejos e insinuaciones de lo que deben hacer o de las decisiones que deben tomar. En conclusión, ellos sobreviven sin nosotros. Las cosas seguirán funcionando cuando ya no estemos en esta tierra. Dios no necesita de nuestra ayuda para gestionar el universo. Él se las arregla bastante bien sin nuestros locos arranques de entusiasmo, que después terminan en lamentaciones.
El Padre quiere darnos un corazón tranquilo, para que, en su perfecto descanso, soltemos el control y lo rindamos a Él. El fin de nuestro esfuerzo, deja lugar a la obra silenciosa de Dios.
La rigidez, la ansiedad y el perfeccionismo nacen del deseo de controlarlo todo, de querer que las cosas se hagan a nuestra manera. Y en lugar de buscar la presencia de Dios y descansar en Él, vagamos de aquí para allá. Como aquel rey que no fue a la guerra y se quedó deambulando en su azotea y deseando ser joven otra vez. Rendir el control a los pies de Jesús es curarse de la peor enfermedad.
El control nace del deseo de poder. El control es la fea cara del fariseo que todos llevamos dentro. Siempre que leemos las voces de los fariseos en los evangelios, escuchamos su necesidad de controlar a las personas, incluyendo a Jesús. ¿Por qué? Porque el control les otorgaba poder, estatus e influencia. Estar cerca de personas controladoras es desagradable, porque te estresan y el ambiente se torna pesado. Controlan lo que hablas, lo que comes, lo que debes vestir y lo que debes hacer. El control nace del narcisismo que yace escondido en las capas más profundas del corazón.
Nacimos cautivos en el control y en la manipulación religiosa, y es por esto que llevamos tatuado el control en nosotros. Pero esto es tan solo una ilusión, porque en realidad no podemos controlar nada. ¿Acaso podemos modificar el clima? No. Entonces, tampoco podemos controlar lo que nos sucede y mucho menos a las personas que tenemos cerca. Nuestro deber es soltarlos en las manos del Padre, orar por ellos y amarlos. Son responsabilidad de Dios, no de nosotros.
Cuando una de mis tías era pequeña, lloraba y se tiraba al piso haciendo berrinches para que le dieran lo que ella quería. Estos niños caprichosos dejan una estela de frustración y de dolor en sus padres y hermanos. Así es con el control.
La oración es un arma que muchas veces utilizamos para tratar de controlar al Señor, como una forma de manipularlo para que obre a nuestro favor. ¡Cuánto nos cuesta perder el control! Lo acosamos para alcanzar lo que deseamos, no para tener comunión con Él. Oramos por tanto tiempo, esperando controlar nuestras circunstancias, que nos desgastamos en el proceso, nos frustramos y luego le echamos la culpa a Él por no obtener lo que deseamos. Muchas de las cosas que queremos "hacer para Dios" y por las que oramos, son para satisfacer nuestros propios deseos egoístas.
David oró en el salmo 23: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo”.
David lo entendió. Dios no va a evitar la oscuridad, pero sí va a caminar junto a nosotros. El Padre no evitará la incomodidad en nuestra vida, ni las situaciones difíciles o a las personas complicadas, pero sí va estar a nuestro lado, pase lo que pase, aun en el valle de sombra de muerte. Así que, cuando veamos que la vida se está complicando, esa es la huella de nuestro Maestro.
Dicen por ahí que el Señor no nos va a quitar las montañas, nos va a enseñar a escalarlas. Las circunstancias difíciles las utilizará para que aprendamos a soltar el control y para que aprendamos a descansar en su cuidado. Dios moldeará su vida en nosotros a través de todo lo que nos acontezca. No debemos utilizar la oración para decirle lo que Él debe hacer, cómo lo debe hacer o cuándo lo debe hacer. Sino para descansar en su tierno cuidado.
Dios puede hacer lo que quiera, pues tiene el poder de cambiar las circunstancias a nuestro favor. Puede sanar, puede proveer, puede liberar, puede hacerlo todo, pero no lo hará si esto sirve a sus propósitos con nosotros. Él nos enseñará a soltarnos en sus manos. Dejar de patalear como niños caprichosos evitará que nos amarguemos, que nos cansemos y que desperdiciemos tiempo valioso de nuestra vida y de nuestra oración. La llave para que se abran las puertas es dejar a sus pies el control y dejar a Dios actuar a su manera. La falta de confianza en el Señor nos hace aferrarnos a la ilusión de que podemos controlarlo todo. Pero entregarnos a su cuidado, le dará a Él la oportunidad infinita de obrar en nuestro corazón y de obrar para su gloria a través de las circunstancias.
El control no hace parte de los seguidores de Jesús. Y fue una lección que tuvieron que aprender sus discípulos y es la lección que tenemos que aprender nosotros ahora como sus discípulos. Nuestra vida debe ser una vida de rendición y de entrega total.
“Aderezas mesa...”, dice el salmo 23. Es Dios quien prepara la mesa y quien organiza las cosas. Él es el guardador de las promesas y el Hacedor de caminos. Es el Infinito el dueño de las personas que nos rodean. Es el Eterno quien nos busca y nos encuentra. Es el Absoluto quien inicia y quien lleva a cabo todas las cosas. Él hace mucho mejor el trabajo de lo que nosotros lo podemos hacer.
Las relaciones sanas nunca se forjarán en donde hay deseo de controlar. Y, lamentablemente, muchos de nosotros crecimos en ambientes familiares de control y aprendimos a controlar como una forma de vida. Sin embargo, el amor no controla, el amor deja en libertad. Y las formas favoritas que elegimos para ejercer ese control son: a través de los versículos bíblicos, haciendo sentir mal a la otra persona, a través de la autocompasión, de la coerción, de la amenaza, de la culpa, del enojo o de la adulación.
Dios nos muestra su gloria y su plenitud en un ambiente de amor, no de control, ni de obligación. Cuando le permitimos al Señor derribar el ídolo del control, estaremos dispuestos a aceptar lo que llegue y lo que Dios tiene para nosotros. Y cuando soltamos a los demás, ellos se irán o se quedarán cuando lo deseen, y si se quedan, lo harán por amor. Pedirán nuestra opinión o nuestros consejos, si ven que tenemos la madurez para darlos y estarán dispuestos a escucharnos.
Conocer el verdadero significado de confraternidad en entornos religiosos no es posible. Se nos ha enseñado a someternos a los líderes y por años han ejercido un control sutil sobre nosotros, pero no nos han enseñado a amarnos unos a otros. El miedo a perder nos lleva a controlar, pero en el perfecto amor no hay temor (1 Juan 4: 18). Controlar a alguien, no es amarlo, aunque digas que lo haces por su bienestar. Conocer el amor del Señor, nos llevará a ser libres para amar, nos liberará del control y el miedo se esfumará.
Para mí no ha sido fácil soltar el control, ha sido todo un proceso, porque sufrí traumas en mi niñez y todavía los estoy superando. Pero a medida que he aprendido a confiar en mi Padre y a soltarme a su cuidado, en la medida que he permitido que Jesús me ayude a procesar mis traumas y sane mis heridas, he podido ceder e ir soltando el control y a los demás. Dios ha ido deshaciendo mis miedos y llenándome de su paz en cada paso para poder confiar más en su amor. Cuando la ansiedad quiere ganar la batalla en mi corazón, hay una frase que aparece en mi cabeza y que viene de los rincones de mi espíritu en donde habita su Espíritu Santo: “No fuerces nada, ni a nadie, suelta, descansa, déjalo ir”.
Negarnos a nosotros mismos es recibir lo que no queremos y no tener lo que deseamos, sino lo que el Padre desea para nosotros. Entregar nuestras circunstancias y a las personas, hará que podamos discernir mejor la voluntad de Dios y podamos escuchar con atención los susurros de su voz. Seremos más sensibles a sus tiempos y más receptivos a sus caminos. Dios nos cuidará y nos guiará en cada instante de nuestra vida, no importa que tan difícil se ponga el sendero.
Sí, debemos perseverar en la oración, pero no para manipular a Dios, sino para rendirnos. Veremos más de su bondad si aprendemos a soltar en sus manos todas las cosas. Cuando nos dejamos llevar por la corriente de su río, podremos vislumbrar su amor infinito que nos acoge en medio de las circunstancias y en medio de las relaciones dolorosas.
Que el Señor nos enseñe a entregar el control en sus manos y, lo más importante, que nos enseñe a hacer las cosas por su satisfacción, no por la nuestra. Ese ídolo debe ser derribado. Si el Padre quiere cambiar algo, lo hará, tenlo por seguro, porque es poderoso para hacerlo, pero si no lo ha hecho hasta ahora, es porque está haciendo algo en nuestro corazón y algo nos quiere enseñar.
Dios está usando todo para un propósito que va más allá de nuestra comodidad y de nuestro deseo de que las cosas se hagan a nuestra manera. Ahora no lo vemos, pero algún día todo será revelado, como dice Pablo en el capítulo 13 de la primera carta a los Corintios. Dios anhela que confiemos en Él, pues así le daremos la oportunidad de sorprendernos. Su gloria siempre irrumpe en los lugares oscuros de nuestra existencia (me lo estoy predicando a mí misma en medio del caos y de la incertidumbre de estos días); así como la semilla se rompe en la profunda oscuridad de esa tierra mojada, para dar lugar al crecimiento.
Descansar en Dios y entregarle el control, no es de cobardes o derrotados. Nuestra victoria está en rendirnos a su tierno cuidado para nosotros. Este es el significado del desierto: un lugar al cual Dios nos lleva para darnos a conocer su corazón y para que corramos a sus brazos, pues solo Él puede sustentarnos.
Jesús obrará a su manera en todo lo que nos suceda y en las personas que nos rodean. Busca las huellas de su resurrección en cada instante y la esperanza en ti será fuerte. Su resurrección grita a voz en cuello que no estamos solos, que no hemos sido abandonados a nuestra suerte, que todas las cosas obran para nuestro bien, aun cuando no lo veamos en este instante presente; así como los huesos de José, que fueron llevados por los israelitas, eran un testimonio vivo de la fidelidad de Dios. Él es fiel y nos sotendrá, no tenemos que controlar nada, Dios tiene el control.
Fiel es el que os ha llamado; el cual también lo hará. 1 Tesalonicenses 5: 24
Nuestra unión con el Resucitado hace que la vida tenga sentido a pesar de las dificultades. Nuestras oraciones no serán en vano, aunque no sean respondidas como esperamos. Suelta el control y abraza a Jesús. No puedes abrazar a los dos al mismo tiempo.
Hasta la próxima publicación.
A.L.

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