LA GLORIA DE MIS FLAQUEZAS Por Adriana Patricia


LA GLORIA DE MIS FLAQUEZAS

“Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque (mi) potencia en la flaqueza se perfecciona. Por tanto, de buena gana me gloriaré de mis flaquezas, para que habite en mí la potencia de Cristo. Por lo cual me contento en las flaquezas, en las afrentas, en las necesidades, en las persecuciones, en las angustias por el Cristo; porque cuando soy flaco, entonces soy poderoso”, 2ª Corintios 12: 9 - 10

Yo nací de siete meses y fui una niña muy enfermiza, mis pulmones siempre fueron muy débiles, por lo tanto, debí ser puesta en tratamiento una y otra vez.

En los pulmones está la vida del ser humano, si te fallan, te mueres. Dios me hizo recordar esto cuando me estaba enseñando acerca de la debilidad. Nuestra carne es el esfuerzo propio, la fuerza de nuestro yo. Es hacer las cosas a nuestra manera y por nuestro propio esfuerzo, “como nos da la gana”. Porque creemos a Dios un discapacitado, queremos ayudarle y no aprendemos a esperarlo a Él y no aprendemos a Reposar en Él. Y de ahí nacen nuestras grandes equivocaciones y desobediencias. Y al hacer las cosas en nuestro propio esfuerzo damos a luz muchos Ismaeles, tema que tratamos en anterior oportunidad.

Muchos pulmones son tan débiles que necesitan de la ayuda de una bala de oxígeno para poder sobrevivir. Pero en el caso de nuestra carne, Dios debe aniquilar por completo su fuerza y dejarnos es un estado de debilidad total. Porque los discapacitados somos nosotros, no Él. Es en Sus fuerzas y en Su poder, es en la Gracia de Él, porque en nosotros no está la fuerza. No somos los “Jedi” espirituales, dependemos de nuestro Padre para todo.  

El Señor nos pone en debilidad para enseñarnos esta lección. Él se toma Su tiempo para hacer que muera en nosotros nuestra fuerza carnal y la energía de nuestro hombre natural.


En una ocasión, la llave del auto del abuelo de mi Manolo se quedó por dentro, el abuelo y yo nos sentamos en el comedor mientras Manolo revoloteaba por toda la casa desesperado buscando la otra llave, corría de un lado para otro, se tiraba sus cabellos, él estaba realmente desesperado porque debíamos salir urgente para una cita con el oncólogo del abuelo, yo miraba al abuelo y él simplemente estaba tranquilo y reposado, mientras Manolo subía y bajaba las escaleras desesperado y revolcaba toda la casa. Yo miré al abuelo y le dije: “abuelo, ¿tú sabes abrir esa puerta, verdad? y él me respondió: “si la sé abrir, pero vamos a esperar hasta que él se canse de revolotear y pida ayuda y aprenda a esperar”. Cuando él se cansó, bajó rendido y se sentó decepcionado. El abuelo le dijo: “mijo, páseme un gancho de ropa de metal”; el abuelo tan enfermo que estaba, tomó el gancho y muy despacio lo desarmó, tomó otro instrumento, que no me acuerdo en este momento y se fue para el carro, y “voilà” abrió la puerta ante la mirada atónita de su nieto. 

Dios me recordó esta anécdota un poco jocosa, para enseñarme que podemos revolotear como gallinas, pero el Señor es el que tiene la respuesta y Él sabe como hace las cosas. El simplemente nos deja revoletear hasta cansarnos para que aprendamos a esperar al Señor, nos deja débiles y cansados para dejarlo actuar a Él.

Dios va quitando uno a uno los apoyos que brindan a nuestra vida esa fuerza, de creernos el cuento de que somos los “duros o los chachos del paseo”. Dios nos va despojando uno a uno de los apoyos internos y externos de nuestras vidas para que aprendamos a depender de Él. El Señor se manifestará en nosotros solo hasta cuando nuestro propio esfuerzo esté completamente acabado y no haya nada más que hacer, hasta que nuestras fuerzas acaben y estemos débiles para seguir. Ahí es cuando Cristo hará en nosotros, lo que nosotros no podemos hacer por nosotros mismos. Solo lo que procede de Dios tiene valor espiritual para Él.

Dios nos tiene que derribar para levantarnos, nos deja vaciados de nosotros mismos para llenarnos de Él, nos deja en debilidad para darnos Su fuerza y Su poder. Por eso la prueba llega a nosotros para derrumbar nuestra confianza en nosotros mismos, porque la espera en Dios quita esa fe fastidiosa que tenemos en nosotros mismos.

Me gusta mucho la vida de Elías, es mi profeta favorito. Muchos podrán decir acerca de su debilidad y criticarle que no fue como Eliseo, pero pienso que para llegar a ser Eliseo debemos pasar por la etapa de Elías. Eliseo no huyó ni se deprimió como Elías.

Y lo que veo que Dios hace en Elías es llevarlo a un estado de debilidad y de dependencia absoluta de Él. Primero lo manda al desierto y los cuervos lo alimentaban y podía beber del arroyo. Y cuando era la hora, el Señor secó el arroyo y los cuervos no volvieron. Luego lo manda donde la viuda, ella lo sustentó por un tiempo, hasta que ya esa ayuda también se acabó. Una a una las ayudas de Elías fueron desapareciendo. Sin embargo, su nombre significa “El Señor es Dios” y eso tuvo que aprenderlo Elías mientras Dios le iba quitando las ayudas y moviéndolo hacia donde Dios quería. Y esta es la lección que debemos aprender nosotros, que el Señor es Dios.

Cuando ya no hay fuerza ni ayuda, no hay nada, aparece el Señor en escena para sustentar nuestra vida, este es el momento perfecto para Dios. Cuando nos pone en debilidad absoluta y todas las ayudas han desaparecido, aparece nuestro Amado Señor cabalgando sobre las nubes. Cuando no hay ahorros ni palancas ni padrinos ni medicina ni nada. El Señor aparece con cuervos o con una viuda con un puñado de aceite y de harina, y cuando todo eso se acaba, porque de seguro se acabará, aparece el Rey de Gloria en todo Su esplendor. Nuestros apoyos espirituales, materiales y de personas deben caer uno a uno, nuestra fuerza física, hasta nuestra juventud es dejada en nada para ver la fuerza poderosa del Señor.

Porque “…No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, dijo el Señor de los ejércitos”, Zacarías 4:6.

Nuestra vida natural debe morir, y hasta no haber muerte, no hay vida. Dios debe circuncidarnos, debe pasar su cuchillo por nuestra carne, por esa manera única de querer hacer las cosas como nos plazca. Dios debe despojarnos de la mezcla que hacemos al tener la fe en Dios pero mezclarla con nuestra manera de hacer las cosas. Todo depende de Su tiempo y de Su poder. Nada puede venir de nuestra fuerza. Es en la fe de Él. Dios debe hacer morir en la fe lo que viene de nosotros mismos, lo que heredamos de adán. Dios debe arraigarnos en Su fe, para que aprendamos a creer a pesar de toda circunstancia, porque todo proviene de Su voluntad, “Así que no es del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia” Romanos 9:16

Podemos correr, esforzarnos, pero nada valdrá la pena si Cristo no es el que hace la obra. Si corremos en vano, en vano será nuestro sudor. La confianza en nosotros mismos es el desenfreno de nuestra carne. Es como decir “todo lo puedo en mí mismo, porque yo me fortalezco”. Cuando la cruz toca nuestra vida, somos quebrantados a través de toda circunstancia y el Señor nos pone en debilidad y nos quita nuestros apoyos, para encontrar en el Señor nuestro Verdadero y Único Apoyo.  

Dios es el que inicia la obra en nosotros y Él es que la lleva a cabo. La fe de Él es para aprender a esperarlo a Él “…bienaventurados todos los que a él esperan”, Isaías 30:18.

No es con nuestro poder y fuerza carnal, es con la fuerza y el poder de Él.

Tenemos que ser reducidos a la nada para encontrar en Él el todo. Nuestra necesidad de poder y tener el control de todo en nuestra vida, es tan profundo como el mar. Nos desbocamos como el caballo y por eso Dios pone sus frenos. Si somos quebrantados, le creeremos a Él, así nuestras circunstancias sean adversas y extremas. Dios nos lleva al fin de nosotros mismos a través de toda debilidad en nuestra vida, nos quita los apoyos, envía circunstancias difíciles para llevarnos a ese final y poder creerle a Él y a Sus promesas. Es más fácil romper con el pecado moral en nuestra vida, que entregar el timón al Capitán del barco. Si nuestra obra no nace de Su poder y Su fuerza, esto es aborrecible a los ojos de Dios.

Por eso el Señor debe quebrar y partir en dos nuestras vidas. Somos inútiles en la obra de Dios e ignorantes de los caminos del Señor. 

Pablo era débil y solo le bastaba la Gracia del Señor, el Señor no quitó su aguijón, y eso que él clamó tres veces para que fuera quitado. El querer tener nuestra propia fuerza y el control de todo radica en las profundidades de nuestra alma. Por eso la cruz hace el trabajo de rompernos en mil pedazos y vaciarnos de nosotros mismos, para dejarnos en debilidad absoluta. La cruz es letal para nuestra fuerza carnal y quita todos nuestros apoyos externos e internos para depender solo de nuestro Padre y Su Espíritu.

El poder de Dios es de Él y no de nosotros, no lo usamos para nuestro beneficio y para suplir nuestros caprichitos. Es la fuerza de Cristo en nosotros, es Su poder, Su fe obrando en nuestro interior, porque en Cristo no hay fuerza carnal, Él dependió y depende completamente de Su padre. Él no obra a Su manera sino a la manera del Padre, Él no obra por su propia cuenta. En cambio nosotros si tendemos a hacer las cosas a nuestro capricho. Nuestra fuerza nos envanece, por eso nuestro Señor debe llevarnos a profunda debilidad, para entender que no es por nosotros. Solo hasta que haya quebrantamiento total podrá el Señor usar Su fuerza en nosotros, solo hasta que la cruz haya hecho esta labor, Dios podrá usarnos conforme a Sus propósitos. Antes no. Él es el carpintero que trabaja, Dios creó solito los Cielos y la Tierra, y no necesitó de nuestra ayuda.

Lo que satisface Su corazón en Su obra realizada en nosotros a Su manera. En debilidad absoluta morirá nuestra fe y nacerá la fe de Él y Su fuerza en nosotros. Esta es la gloria de mis flaquezas.

El obstáculo para la fuerza del Señor en nosotros, es frecuentemente nuestra propia fuerza. El camino para Su fuerza es nuestra debilidad”. Austin Sparks

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