CUANDO EL PASADO SUFRE DE INSOMNIO



Hay una necesidad casi obsesiva en regresar una y otra vez al ayer. ¿Por qué? ¿Por qué no dejar que el pasado duerma tranquilo? ¿Qué necesidad de despertarlo? ¿O es que sufre de insomnio?

Dicen que “recordar es vivir”, entonces si es así, ¿por qué el Señor nos insta a seguir adelante? ¿Por qué nos dice que avancemos? El reloj nunca se detiene, nunca retrocede, sigue su camino hacia adelante.

No, amados hermanos, no lo he logrado, pero me concentro únicamente en esto: olvido el pasado y fijo la mirada en lo que tengo por delante, y así avanzo hasta llegar al final de la carrera para recibir el premio celestial al cual Dios nos llama por medio de Cristo Jesús. Filipenses 3: 13 - 14

Y mi respuesta a todas estas preguntas es: Porque así es nuestra naturaleza. Rememoramos el pasado una y otra vez, escarbando en él para ver qué encontramos; levantamos las piedras, creyendo que quizás hallaremos algo nuevo.

Supongo que tal vez, después de que Adán y Eva salieron del Edén, recordaron sus buenos tiempos en ese lugar y con un suspiro extrañaron sus días de gloria en el paraíso, cuando podían ver a Dios cara a cara y disfrutar de su presencia. Y puedo saberlo, porque así somos casi todos.

Miramos atrás como la esposa de Lot, porque nuestro corazón se ha apegado a lo que dejamos en el ayer (Génesis 19: 26). Nos detenemos a observar aquello que fue y ya no será más. “No miren hacia atrás”, les dijeron los ángeles a Lot y a su familia, una orden sencilla; sin embargo, la esposa de Lot se congeló en el tiempo de los buenos recuerdos, deseó en su corazón regresar a lo viejo. Y al mirar su tesoro, se volvió uno con él, pues donde está nuestro tesoro, estará también nuestro corazón (Mateo 6: 21). 

En una ocasión, el Señor Jesús hizo referencia a este suceso y dijo: Acordaos de la mujer de Lot” (Lucas 17: 32). Y lo interesante es que lo habló en el contexto de su segunda venida. Y antes de eso expresó: “Así mismo el que esté en el campo, que no regrese por lo que haya dejado atrás” (Lucas 17: 31). Seguirlo, implica dejar el pasado atrás. Y no solo el pasado doloroso, sino también el pasado glorioso. Porque no hay vuelta atrás en los caminos de Dios.

No obstante, nos convertimos en los guardianes de las ofensas, de los desaires, del pasado doloroso y traumático, de las heridas del ayer, de nuestros errores y fracasos; parecemos curadores de museo cuidando piezas arqueológicas. El pasado no es posible cambiarlo, arreglarlo o repararlo, pero tenemos un presente en la gracia de Jesús y un futuro victorioso con Él. Un pasado que sangró puede llegar a resplandecer en las manos de Aquel que hace nuevas todas las cosas. “Lo que fue, fue”, dicen algunos y no podemos llorar sobre la leche derramada. Sufrimos, sí, unos más que otros, hemos pasado por dolor, tras dolor, traición tras traición, por pérdidas, divorcios, enfermedades, abuso, esterilidad, abandono, maltrato, escasez y tantas cosas más, pero si nos congelamos en el ayer, no disfrutaremos la aventura de vivir en el hoy con Jesús. Dios tiene algo nuevo para nosotros. Y tenemos la esperanza de un futuro en el que todas las cosas serán restauradas y ya no habrá más llanto ni dolor. Mirar hacia adelante es una batalla, porque el pasado nos jala, pero la libraremos hasta ganarla en las fuerzas de Él. 

¿Tu pasado te duele? Déjalo ir en sus manos, deja que tus cicatrices resplandezcan con la luz esplendorosa de Cristo, tus cenizas pueden ser convertidas en belleza por el toque de su vida. ¿Por qué sufriste, por qué ese hombre te maltrató, por qué abusaron de ti, por qué lo perdiste todo, por qué tus hijos te abandonaron, por qué te robó tu propia familia, por qué tus padres te dejaron, por qué esa enfermedad mental, por qué tu cáncer, por qué tú, por qué no otra persona? No lo sé, no tengo esas respuestas y quizás de este lado nunca lo sabremos, pero en Dios siempre hay un nuevo comienzo, Él es el amanecer que resplandece en el horizonte de las circunstancias. 

Encarnamos a la esposa de Lot cuando vivimos clavados en aquello que fue.  Nos gusta rememorar los triunfos pasados, nuestra juventud espléndida, las finanzas robustas del ayer, las glorias espirituales antiguas: como cuando tocabas con tu nariz el cielo, como cuando orabas y la gente se sanaba o como cuando servías en algún ministerio exitoso o cuando leías la Biblia por horas y te sabías todos los versículos de memoria y ahora ya ni te acuerdas en dónde dejaste tus gafas; todo eso ya pasó, no volverá. Dios cambia las estaciones, todo se transforma, el camino tiene etapas y no podemos quedarnos paralizados en alguna etapa del camino, por muy gloriosa que haya sido. Aquello que viviste, no será más; lo que eras, lo que hiciste, nunca volverá. 

Debemos avanzar y no detenernos. No miremos atrás, incluso a aquellas cosas buenas, agradables, honrosas, que una vez nos dieron alegría, placer y satisfacción. Eso pertenece al ayer, no al hoy y no serán del futuro. El pasado debe trascender, pero a veces sufre de insomnio. Y todo en esta tierra te lleva hacia atrás, no hacia adelante. Es curioso que el Facebook cada día te recuerda las publicaciones que compartiste hace años, nos mantiene con nostalgia del pasado, es como si este sistema no quisiera que avancemos. Y no es de extrañar que en el Alzheimer se mantenga intacta la memoria a largo plazo, pero no la memoria a corto plazo. 

Cuando Jesús se encontró con María Magdalena en la tumba, después de su resurrección, le dijo: “No me toques”. Y no lo hizo por antipático, sino porque ella debía trascender, debía relacionarse con el Jesús de ahora, no con el que ella había conocido, pues todo había cambiado, debía aprender a amarlo a un nivel más alto, a un nivel celestial. María Magdalena debía avanzar, al igual que debían hacerlo los demás discípulos. (Juan 20: 17). 

Aferrarnos a lo que Dios tiene para nosotros, significa que debemos aprender a dejar ir. Abrazar el presente implica que debemos permitir que el pasado duerma plácidamente y no atrevernos a despertarlo. No importa que tan malo o que tan bueno haya sido. Así como nuestro Dios nunca se acuerda de lo que hicimos cuando de corazón nos hemos arrepentido. Él es experto en hacer a un lado el ayer:

No hay otro Dios como tú, porque tú perdonas la maldad y olvidas las rebeliones de este pequeño resto de tu pueblo. Tú nos muestras tu amor y no mantienes tu enojo para siempre. (Miqueas 7: 18). 

Y si nuestro Dios sufre de amnesia, ¿por qué nosotros vivimos recordando? 

Si el Padre nos dio su gloriosa libertad por medio de Cristo Jesús, entonces ¿por qué anhelamos volver a esclavizarnos? ¿Por qué deseamos volver al yugo de la religión? ¿Por qué regresar a la violencia que ejercían los capataces de Egipto, manteniéndonos esclavos en cumplir requisitos, llenando listas de chequeos, llevando cuentas, cuando ni siquiera Dios las lleva?  Vivimos en la tierra del lloro y del lamento, rememorando y anhelando los puerros, los melones, los ajos y las cebollas de Egipto, olvidando que los capataces nos latigaban y ponían sus pies sobre nuestros cuellos para hacer más duro nuestro trabajo. Y así, despreciamos el desierto, maldecimos las circunstancias actuales, deseando lo que quedó atrás de nuestro desempeño religioso. Le damos al pasado un lugar que ya no tiene y lo adornamos con lentejuelas, para que parezca, quizás, como nunca fue.

Olviden las cosas de antaño; ya no vivan en el pasado. ¡Voy a hacer algo nuevo! Ya está sucediendo, ¿no se dan cuenta? Estoy abriendo un camino en el desierto y ríos en lugares desolados. Isaías 43: 18 - 19

Lo que Dios tiene para nosotros es mejor que lo que tuvimos y podemos perderlo por vivir pegados al ayer. El pasado nos puede atrapar en menos de nada y dejarnos congelados en el tiempo para no atravesar el hoy, para no llegar al mañana. 

Como escribió Mark Buchanan:

No revivas lo que Dios ha quitado. No recojas y vuelvas a unir lo que Dios destrozó y dispersó. No te pongas bajo un yugo que Dios rompió y arrojó de Sí con sus propias manos. Así como no debemos separar lo que Dios ha unido, tampoco debemos unir lo que Dios ha separado.

Adoramos quienes éramos, extrañando nuestro antiguo yo. Muchas veces he leído cosas que escribí hace algunos años y extraño mi yo de escritora del pasado. Recuerdo los tiempos en los que enseñaba a muchas personas e iba a muchos lugares compartiendo la Palabra de Dios; sin embargo, ese yo, no será más, porque Dios me tiene en este momento aquí, escribiéndote estas sencillas palabras, pero que son un reflejo de lo que Dios está haciendo en mí, de lo que me está enseñando y a dónde me está llevando y de lo que quiere hacer también en ti. Los tiempos están cambiando y debo estar consciente de que la Adriana del ayer no volverá, que muchas cosas que se han ido no regresarán. Me espera algo asombroso, algo que no puedo verlo ni siquiera imaginarlo, más allá de este instante presente. 

Sin embargo, todo aquello que para mí era ganancia, ahora lo considero pérdida por causa de Cristo. Es más, todo lo considero pérdida por razón del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo he perdido todo y lo tengo por estiércol, a fin de ganar a Cristo y encontrarme unido a él. No quiero mi propia justicia que procede de la Ley, sino la que se obtiene mediante la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios, basada en la fe. Lo he perdido todo a fin de conocer a Cristo, experimentar el poder que se manifestó en su resurrección, participar en sus sufrimientos y llegar a ser semejante a él en su muerte. Así espero alcanzar la resurrección de entre los muertos. Filipenses 3: 7 - 11

Pablo, el apóstol, dejó a un lado todo su pasado memorable, lleno de estirpe, de estudios, de honores, dejó el salón de la fama por alcanzar algo mejor. Dejó también su pasado oscuro como perseguidor de la Iglesia, dejó su yo legalista, obsesionado por cumplir requisito tras requisito, para asirse de Cristo. Todo lo tuvo por basura. 

Dejar atrás implica que nuestro yo legalista debe morir, pero nos hemos acostumbrado tanto a las cadenas, que añoramos tenerlas de nuevo. Por miedo, seguimos siendo esclavos del pasado. Nos aterra salir del campamento religioso a la libertad de Cristo, porque nos han llenado de mentiras y nos han manipulado y, lo peor, lo hemos permitido. Y nos frustramos por no poder volver a lo que éramos antes. Dios debe romper el yugo del ayer para reconstruirnos, para darnos cosas nuevas y quizás no serán como las que tuvimos, pero serán mejores. Somos mucho más de lo que hacemos por Él, nuestro valor está en Cristo. Recuerda, Dios te ama a ti, no a tu producción legalista. 

Estoy aprendiendo a dejar ir a la Adriana que era, a mi antigua yo “super-cristiana”, abrazando a esta mujer con muchos errores y fracasos, pero sostenida por la gracia de Dios. Estoy aprendiendo a dejar ir mi yo de escritora del pasado. Estoy aprendiendo a dejar ir mi pasado doloroso, aquellos traumas que me han marcado. Estoy abrazando lo que Él quiere para mí hoy. Y si algo no tuve o si algo no llegó, es porque Dios así lo quiso. Estoy aprendiendo a dejar ir a los que se fueron, estén vivos o hayan fallecido, no volverán, mi historia con ellos, de este lado, se terminó. Estoy aprendiendo a dejar ir mi juventud, ya no volveré a ser la misma, todo en mí está cambiando. 

He anhelado tantas cosas como la esposa de Lot, he mirado atrás tantas veces, congelándome en el tiempo. Me he quejado, como aquellos israelitas, despreciando el desierto en muchas ocasiones. He querido aferrarme a mi relación con Dios del pasado, como María Magdalena. Pero estoy aprendiendo a trascender. Estoy aprendiendo a avanzar y a dejar ir, como lo hizo Pablo. Realmente, quiero seguir el consejo de Oswald Chambers, aunque me cueste y te invito a que lo sigas también:

Deja que el pasado duerma, pero que repose en el dulce abrazo de Cristo. Y continuemos hacia ese inexorable futuro con Él.

Tu pasado pudo ser doloroso o lleno de fracasos y errores. Pero tu pasado no te define, el que un capítulo de tu vida haya sido oscuro, no significa que la historia completa lo será, pues el Gran Escritor no ha terminado de escribir el libro de tu vida. O quizás tu pasado fue deslumbrante en cuanto a tu juventud, a tu economía, a tus viajes, a tus estudios, a tu espiritualidad o a tu servicio para Dios o a lo que sea. Avanza, no te quedes allí. No vuelvas a tus cadenas religiosas, Dios no está llevando cuentas contigo. Él te ha dado su libertad para que camines con Él y aprendas a escuchar los latidos de su corazón. No mires atrás, déjate llevar por el río de su presencia, sumérgete en la vida de Cristo, navega por sus profundidades, quizás no sepas cómo hacerlo, solo pregúntale y él te lo dirá. No gastes tu energía añorando lo que quedó atrás, como la mujer de Lot, lo que viviste o disfrutaste ya no es. No te centres en el dolor o en el fracaso del ayer, déjalo ir. Dios redime nuestro pasado, con todo su dolor y sus fracasos, y está preparando un gran futuro para ti y para mí. 

Ya está sucediendo, ¿no se dan cuenta?”. Esa es también la pregunta para nosotros hoy.

Hasta la próxima publicación. 

A.L. 

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