HAMBRE O ANTOJO

 

Tomada de Unsplash

“Y ahora nuestra alma se seca; que nada sino maná ven nuestros ojos”. Números 11: 6

Puedo escuchar la queja llena de hastío de este pueblo inconforme, rezongando como niños mimados que no obtienen lo que quieren.

Los israelitas se cansaron del alimento de Dios, se hartaron de su sustento diario. No vieron más allá de sus propios ojos, no notaron la dulce provisión de Dios y su tierno cuidado para con ellos. Despreciaron al Señor por la codicia de su corazón. Dios los alimentó y les mostró su gracia y su gran amor, y ellos lo tuvieron en poco. Esa es nuestra naturaleza. Muchas veces nos quejamos de la provisión de Dios, porque no es lo que deseamos. Somos propensos a cambiar la perla preciosa por esferas de plástico pintadas de blanco nácar. 

Ellos no tenían que preparar el maná, Dios lo preparaba mientras dormían y caía con el rocío de la mañana. Y esto lo recuerdo cuando saco a Tita bien temprano en la mañana. Pero ellos querían la comida de Egipto, querían tener el pie de sus capataces en su cuello mientras se tragaban el pescado. 

Ese maná que sabía a aceite nuevo y a panal de miel, representaba a Aquel que hace nuevas todas las cosas, a Aquel que nos da vida nueva, a Aquel que nos da un nuevo nombre. Y lo despreciamos, cuando llevados por la codicia de nuestro corazón, tomamos sustitutos baratos y dejamos a Dios en un segundo plano.

Y en nuestra codicia, le pedimos al Padre piedras y Él en su infinita misericordia nos da Pan, nos da a Cristo. Un maná exquisito, dulce a nuestro paladar, todo Él codiciable. Y es Dios mismo quien ocasiona nuestra hambre, pues Él es quien sacia esa necesidad. Parece ser que el maná tenía un ingrediente especial que les dejaba con más hambre, pues Dios quería saciarlos por completo, pero no quisieron. Nuestra hambre está mal orientada, creemos tener hambre, pero son tan solo antojos del corazón. 

“Pues mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. Todo el que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Yo vivo gracias al Padre viviente que me envió; de igual manera, todo el que se alimente de mí vivirá gracias a mí. Yo soy el pan verdadero que descendió del cielo. El que coma de este pan no morirá—como les pasó a sus antepasados a pesar de haber comido el maná—sino que vivirá para siempre”. Juan 6: 55 - 58

Esaú tenía tanta hambre, que cambió su primogenitura por nada, por un simple plato de lentejas, despreció un tesoro irremplazable y lo tiró a la basura. El pueblo de Israel cambió su maná fresco por codornices, que representaban el amor por su propia carne con sus deseos egoístas. Los invitados al banquete no quisieron ir, prefirieron un plato vacío, que comer los manjares de la mesa del rey. Esto es hambre por cosas sin ningún valor, apetitos descontrolados, buscar saciarse en lugares y en tiempos equivocados.  

Jesús siempre está preparando una mesa para nosotros, siempre tiene buena comida y nos está invitando a comer con Él; como cuando aderezó los peces y los panes y los puso en las brasas e invitó a comer a sus discípulos. Él es nuestra comida y nos da a comer un alimento del cual no sabemos nada, para que luego lo compartamos con los demás. 

Y no seremos libres hasta que nos alimentemos de Jesús y mientras no lo hagamos, seguiremos siendo esclavos de nosotros mismos y de todos aquellos que pretenden darnos comida, pero que es comida que nunca nos alimentará. La religión es experta en alimentar con alimento que no llena y que no nutre. Jesús es Vida abundante, una clase de comida diferente.

Cómo escribió George Warnock, en su libro, Un camino por el desierto

La lección del Maná es simplemente ésta: Que si no ponemos nuestra esperanza en el conocimiento de Dios y en familiarizarnos con sus caminos, esta provisión Divina que Dios dispuso para conducirnos a su corazón, nos dejará vulnerables a las ansias y deseos de nuestro propio corazón carnal.  Si no aprendemos a encontrar nuestra verdadera alegría y deleite en Dios, vamos a tratar de hallar deleite en nuestros caminos carnales. Esto explica claramente por qué la Iglesia de nuestra generación, especialmente la Iglesia de las zonas de abundancia, de prosperidad y de riqueza ha sido casi completamente cautivada por los deseos carnales, por los placeres y por los apetitos.  Han sido negligentes o se han negado a permitir que el mána productor de hambre los conduzca al corazón de Dios.

Hasta la próxima publicación.

A.L.

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