EL COSTO DE OBEDECER
En 2 Reyes capítulo 11, encontramos a una mujer que obedeció: Josabet. Ella fue la esposa del sacerdote Joiada, hija del rey Joram y hermana de Ocozías. Y Dios la llamó a una misión arriesgada, una que le podía costar su vida, debía esconder a Joás, hijo de Ocozías, para que fuera el rey de Judá; ya que Atalía, la madre de Ocozías, al morir Jehú, destruyó a toda la simiente real de la casa de Judá.
Esta mujer obró de acuerdo a lo que había en su corazón. Persiguió la vida y no la muerte. Y desafió a su familia. Ella podía morir, pero se arriesgó, porque Dios estaba con ella. Fue fiel al Señor y esto lo demostró al esconder a Joás, el futuro rey de Judá. Como escribió Joe Misek:
Es posible que no podamos escapar de ciertas circunstancias. La fidelidad puede parecer resistencia a través de circunstancias que no preferimos. Pero no tenemos la opción de parar y abandonar.
Josabet no abandonó la tarea, a pesar del peligro. Ella valoró lo que Dios valoraba y no le importó su propia vida y, por esto, obedeció. De esto podemos aprender dos cosas: la prueba desnudará nuestro corazón y revelará si nuestra sumisión es a Dios o es a nosotros mismos. Y lo segundo, que cuando Él nos hace un llamado, nos promete su fuerza y su presencia en nuestras vidas, no nos promete que todo será color de rosa. Tan solo recuerda que Dios nunca nos guiará a donde su gracia no pueda sostenernos.
Josabet eligió el camino de Dios por encima de su familia. Y esto demostró en dónde estaba su corazón. Porque donde está nuestro tesoro, allí también estará nuestro corazón (Mateo 6: 21). Lo que ella hizo tuvo un gran impacto, aunque al leer el capítulo con rapidez no lo notemos. Esta mujer valerosa preservó el linaje de nuestro Señor Jesús, su hazaña no fue cualquier cosa, fue increíble. Por eso, debemos hacer lo correcto, en el momento correcto y obedecer cuando el Señor realmente nos llama a algo, pues no sabemos el impacto que esto tenga en las vidas de muchas personas y en la eternidad.
Josabet era la nieta de Acab y Jezabel, pero ella no fue como sus desquiciados abuelos. Ella marcó la diferencia y se casó con el sacerdote Joiada. El pasado no define nuestro presente ni nuestro futuro. Lo que hicieron nuestros antepasados no nos define. Nuestro valor y nuestra identidad están en Cristo Jesús. No tenemos que ser lo que fueron nuestros abuelos o nuestros padres. Podemos ser personas diferentes. Podemos escoger al Señor en medio de gente que no lo ama. Podemos ser fieles a Él en medio de gente que no teme el nombre de Dios, aunque sean de nuestra familia o parte de nuestros amigos más queridos. Podemos estar en medio de espinas y ser los lirios que el Señor desea.
Ella pasó desapercibida por todos en el reino, menos para Dios. Nunca representó una amenaza, por eso pudo llevar a cabo este plan sin que nadie lo notara. Y aunque Las Escrituras no nos dicen esos detalles, podemos creer que fue así, por lo que leemos entre líneas. Recuerda, en Las Escrituras, al igual que en la vida, los detalles sí importan.
Y nosotros también podemos pasar desapercibidos, pero déjame decirte algo, tú y yo importamos para Dios, aunque los demás no lo noten y no vean lo que hacemos. Dios sí nos ve. Él no nos llama a hacer grandes hazañas. Tampoco nos llama a construir reinos propios ni inmensas plataformas o ministerios de influencia. No nos llama a atraer personas hacia nosotros mismos ni a tener seguidores, pues lo importante es que lo vean y lo sigan a Él. Jesús nunca buscó las multitudes, siempre huía de ella; sin embargo, las personas eran quienes lo buscaban, porque no era como los maestros de la Ley.
Entonces, Dios simplemente nos invita a obedecer y a ser fieles en donde estemos: ya sea en casa realizando nuestras labores diarias o en nuestro trabajo o en los lugares solitarios y difíciles, o en la penumbra de las circunstancias o en un servicio a Dios detrás de bambalinas. Él ve nuestra fidelidad, no el éxito que podamos tener. Ve esas pequeñas obediencias en nuestro diario vivir. Ve esas rendiciones diarias sin tanta jactancia. Lo que hacemos en los instantes cotidianos, en momentos quietos y silenciosos, y hasta rotos, importa más que lo que hacemos en los lugares llamativos.
Las palabras del amo a su siervo: "Bien hecho mi buen siervo fiel" (Mateo 25: 23), resuenan más en escenarios pequeños e insignificantes para los hombres, pero que para Dios son grandes. Por eso las señales de Dios siempre están envueltas en la sencillez: una zarza ardiendo, un vellón, el maná en el desierto, la sombra que retrocede, una simple vara, un arcoíris, una estrella y una cruz. El evangelio de las Buenas Nuevas no es el evangelio de las grandes plataformas y celebridades cristianas. Su reino es completamente diferente, siempre va en contra de todo lo que es este mundo.
Recuerden, amados hermanos, que pocos de ustedes eran sabios a los ojos del mundo o poderosos o ricos cuando Dios los llamó. En cambio, Dios eligió lo que el mundo considera ridículo para avergonzar a los que se creen sabios. Y escogió cosas que no tienen poder para avergonzar a los poderosos. Dios escogió lo despreciado por el mundo lo que se considera como nada y lo usó para convertir en nada lo que el mundo considera importante. Como resultado, nadie puede jamás jactarse en presencia de Dios. (1 Corintios 1: 26 – 29 NTV).
Y así podemos sentirnos muchas veces (necios, débiles, viles y menospreciados); no obstante, Dios nos vio y nos eligió.
Él puede hacer grandes cosas en nosotros y a través de nosotros si dejamos nuestra vida en sus manos. Él solo nos invita a obedecer y a serle fiel, aunque nadie lo note, Él sí lo hará.
Hasta la próxima publicación.
A.L.

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