EL NUEVO ÉXODO Por Michael Clark, George Davis y Douglas Weaver

SEGUNDA PARTE CAPÍTULO DOS



Los Hijos de Dios y las Hijas de los Hombres


Con Abel muerto y Caín lejos de la presencia de Dios para establecerse y edificar sus propias ciudades, llegamos al nacimiento de Set. El nombre de Set significa escogido. Eva le dio ese nombre porque “Dios ha escogido otra simiente para mí en lugar de Abel, a quién Caín mató.” Set también tuvo un hijo, y le llamó Enós (Griego Enos . “Entonces los hombres comenzaron a invocar el nombre del SEÑOR”. (Génesis 4:25‐26)

La lectura marginal del versículo dice, “Entonces comenzaron los hombres a llamarse con el nombre del Señor”. Pensamos que ésta es la traducción correcta. En los tiempos de Enós, los verdaderos seguidores de Dios comenzaron a llamarse a sí mismos “los hijos de Dios”. La otra rama de la familia de Adán, los hedonistas descendientes de Caín, fueron los hijos de los hombres. Dios más tarde se referiría a ellos como carne.

“Y dijo Jehová: No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre, porque ciertamente él e carne; mas serán sus días ciento veinte años.” (Génesis 6:3)

Como indica Adam Clark:

¡Qué carácter tan horrible da Dios a los habitantes del mundo antediluviano! Eran carne (v. 3), completamente sensuales, los deseos de la mente inundados y perdidos en los deseos de la carne, sus almas sin discernir ya más su alto destino, siempre preocupados con cosas terrenales, sensuales, brutales y convertidos en carne; encarnados para no retener a Dios en su conocimiento, y viviendo solo en busca de la obtención de su parte en esta vida.” 3

La corrupción final de la raza pre‐diluviana ocurrió cuando el linaje de Set (los hijos de Dios) comenzó a casarse con las hijas de los hombres (el linaje de Caín). Edersheim amplía esta corrupción abierta del hombre cuando escribió:

“La corrupción de la humanidad alcanzó su punto álgido cuando incluso la diferencia entre los setitas y los cainitas fue eliminada por los casamientos entre ambas partes, y eso, por motivos sensuales. Leemos que los hijos de Dios vieron a las hijas de los hombres, que eran buenas; y tomaron esposas de entre ellas, según su elección”. En ese momento, la tierra debía estar muy poblada, y su estado es descrito de la siguiente manera, “Y vio Dios que la maldad del hombre era grande en la tierra y que toda la imaginación del pensamiento de su corazón era continuamente el mal.”

Génesis capítulo seis nos describe como esta mezcolanza produjo un conflicto y una violencia aún mayores entre las razas. Tan profunda era la corrupción que Dios se lamentó de haber creado al hombre.

Como resultado, Dios se propuso comenzar de nuevo. Trajo juicio a la tierra en forma de un gran diluvio, salvando al único justo y a su familia. El nombre de esta persona era Noé. Su nombre habla de su llamamiento y destino; porque significa reposo. Casi todos los niños conocen la historia de cómo Dios juzgó al mundo por agua. El arco iris representa la promesa de Dios de nunca volver a juzgar la tierra por agua.

Dios comenzó a preservar la pureza mediante la separación. Llamando a un pueblo hacia Si mismo, preservó a un remanente. El llamado fuera o éxodo de un remanente de la influencia corrupta del mundo es la forma que Dios tiene para avanzar Sus propósitos redentores.

El Avivamiento post‐diluviano y la continuación del “Camino de Caín”

Después de que la humanidad fuera destruida por el diluvio, el remanente fue sacado del seguro refugio del arca.

“Bendijo Dios a Noé y a sus hijos, y les dijo: Fructificad y multiplicaos, y llenad la tierra” Génesis 9:1 

La generación purificada que salió de los lomos de Noé viviría no mucho tiempo, porque  enseguida leemos de otra rebelión. Esta vez por parte de uno de los hijos de Noé, que se  rebeló en contra de él como el representante justo de Dios para esa generación (Gén. 7:1)

“Y Cam, padre de Canaán, vio la desnudez de su padre, y lo dijo a sus dos hermanos que estaban afuera. Entonces Sem y Jafet tomaron la ropa, y la  pusieron sobre sus propios hombros, y andando hacia atrás, cubrieron la  desnudez de su padre, teniendo vueltos sus rostros, y así no vieron la  desnudez de su padre. Y despertó Noé de su embriaguez, y supo lo que le  había hecho su hijo más joven, y dijo: Maldito sea Canaán; Siervo de  siervos será a sus hermanos. Dijo más: Bendito por Jehová mi Dios sea  Sem, Y sea Canaán su siervo. Engrandezca Dios a Jafet, Y habite en las  tiendas de Sem, Y sea Canaán su siervo.” (Génesis 9:22‐27)

Cientos de años más tarde Dios juzgaría al pueblo de Canaán, descendientes de Cam, por mano de siervos justos, porque Canaán se había vuelto totalmente corrupto con sus  prácticas hedonistas.

“Nos Sublevaremos”

La siguiente parada en nuestro paseo por nuestra común heredad, es el nieto de Cam, Nimrod, un poderoso cazador delante del Señor. Su nombre significa “nos sublevaremos”. Fue el fundador de un imperio. La ciudad que fundó—Babilonia—es un símbolo de la oposición a Dios. En Babel los hombres rehusaron obedecer la orden de Dios de salir y llenar la tierra. Por primera vez, en este lugar los hombres toman el camino de Caín convirtiéndolo en una rebelión colectiva, fundando el primer reino.

El Tárgum de Jerusalén dice de Nimrod:

“Y Cus engendró a Nimrod: comenzó a ser fuerte en pecado y en rebelión delante del Señor de la tierra. Fue un poderoso rebelde delante del Señor. Porque dice, ‘desde el día en que el mundo fue creado no había habido nadie como Nimrod, poderoso en la caza y rebelde delante del Señor. Y el comienzo de su reino fue Babel la grande”. 4

Nimrod estaba lleno de la misma ambición y violencia hallada primeramente en Caín. El es la más pura expresión de la tendencia del hombre caído a establecerse y a edificar su propio reino fuera de Dios. Desde un punto de vista mundano, Nimrod tuvo un gran éxito, fue un gran héroe y alcanzó una gran popularidad. De hecho, “poderoso” es el mismo término usado en Génesis 6:4 para describir a los Nephalin, la descendencia de la mezcla profana de los hijos de dios y las hijas de los hombres. Describe a alguien que intencionadamente se hace famoso cometiendo actos valientes y atrevidos. Aunque el diluvio libró a la tierra de la toda la carne corrupta, las fuerzas espirituales que había detrás de esa corrupción volvieron a salir a la superficie (Lee Génesis 6:4; Números 13:33). Babilonia es un modelo del continuo deseo que tiene el hombre de establecerse y de construir.

“Y dijeron: Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra.” Génesis 11:4

“Así los esparció Jehová desde allí sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad.” (Génesis 11:8).

Fíjate en la pseudo‐unidad existente en el hecho de que todos hablaran la misma lengua. Viajaron hasta que llegaron a las llanuras de Sinar, donde decidieron establecerse. Edificaron una ciudad con ladrillos, no con piedras. Lo que es significativo en sí. Pero por ahora centrémonos en la mentalidad que revela el versículo cuatro de arriba.

Los primeros esfuerzos se inclinaron hacia la construcción de una ciudad y seguidamente, a la construcción de una torre. Su propósito declarado era establecer un legado que los mantuviera intactos tanto a nivel generacional como geográfico. Estaban volviéndose hacia el camino de Caín, construyendo ciudades y poniéndoles nombre conforme a ellos mismos. ¿Por qué repitieron los errores que finalmente llevaron a una destrucción global?

Dios confundió sus lenguas y los esparció sobre la faz de la tierra como una medida provisional, antes de que la rebelión alcanzara su clímax. La misma idea de reyes y de reinos surgió del corazón de Nimrod. Dios nunca quiso que el hombre edificara ciudades estado y nombrara reyes para gobernar sobre ellos. Esto fue una afrenta directa contra Él y contra Su propio Rey justo.

La parábola que sigue a continuación es una sátira que expresa la vanidad de buscar un rey.

“Fueron una vez los árboles a elegir rey sobre sí, y dijeron al olivo: Reina sobre nosotros. Mas el olivo respondió: ¿He de dejar mi aceite, con el cual en mí se honra a Dios y a los hombres, para ir a ser grande sobre los árboles? Y dijeron los árboles a la higuera: Anda tú, reina sobre nosotros. Y respondió la higuera: ¿He de dejar mi dulzura y mi buen fruto, para ir a ser grande sobre los árboles? Dijeron luego los árboles a la vid: Pues ven tú, reina sobre nosotros. Y la vid les respondió: ¿He de dejar mi mosto, que alegra a Dios y a los hombres, para ir a ser grande sobre los árboles? Dijeron entonces todos los árboles a la zarza: Anda tú, reina sobre nosotros. Y la zarza respondió a los árboles: Si en verdad me elegís por rey sobre vosotros, venid, abrigaos bajo de mi sombra; y si no, salga fuego de la zarza y devore a los cedros del Líbano.” (Jueces 9:8‐15)

Todos los árboles de fruto y la vid, que daban aceite, buenos frutos y nuevo vino para honrar a Dios y a los hombres, rehusaron gobernar sobre los árboles. Para ellos, gobernar era algo inútil y degradante. Pero la zarza, que no sirve a ningún propósito, acordó gobernar sobre los árboles, estableciendo una sola condición. “Si en verdad me elegís por rey sobre vosotros, venid, abrigaos bajo de mi sombra…” La zarza tiene muchos espinos pero muy poca sombra del sol abrasador. Si tratas de hallar refugio bajo su cubierta, cuidado con los espinos.

Años más tarde Israel quiso someterse al gobierno de la zarza. Cuando el profeta Samuel era viejo, Israel se presentó buscando un rey. Confiar en Dios como rey era algo temible, por lo que escogieron el camino predecible de los reyes de los gentiles. Al hacerlo, rechazaron el gobierno y la soberanía de Dios. Rechazaron a Dios como rey. Prefirieron el reinado de la zarza, Saúl, pastor de asnos. Israel prefirió el estilo de gobierno de Caín y de Nimrod.

“Entonces todos los ancianos de Israel se juntaron, y vinieron a Ramá para ver a Samuel, y le dijeron: He aquí tú has envejecido, y tus hijos no andan en tus caminos; por tanto, constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones. Pero no agradó a Samuel esta palabra que dijeron: Danos un rey que nos juzgue. Y Samuel oró a Jehová. Y dijo Jehová a Samuel: Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos. Conforme a todas las obras que han hecho desde el día que los saqué de Egipto hasta hoy, dejándome a mí y sirviendo a dioses ajenos, así hacen también contigo.” (1ª Samuel 8:4‐8).

Fíjate que cuando Israel escogió tener a un mero hombre para que les gobernara y para ser como las naciones idólatras a su alrededor, Dios se disgustó grandemente y comparó su deseo de otro rey como servir a otros dioses. El deseo de tener un rey equivale a la idolatría porque ambos sustituyen el gobierno o el señorío del verdadero rey.

Una vuelta a la teocracia, el Gobierno directo de Dios

La declaración del tentador, “seréis como Dios…” revela el verdadero problema. Tratar de  ser auto‐gobernados como Dios, es en sí mismo rechazar el reino de Dios y no lleva a otra  cosa que a la corrupción. Cuando los hombres caídos se unen, multiplican su rebelión y el  poder de su alma, lo que lleva a una decadencia aún mayor. Cuando el hombre consolida  su poder carnal, su gobierno se inclina hacia la degeneración y la esclavitud y se halla en  enemistad con el gobierno de Dios.



El gobierno del hombre y el gobierno de Dios se oponen uno al otro (lee Salmos 2:2‐3). En la ciudad del hombre, cada nueva ley constituye un aumento del control del hombre y de la tiranía, suplantando la soberanía de Dios. Puede que los hombres no se lancen a esto intencionadamente, pero esa es la naturaleza de su gobierno, que se originó en el camino de Caín. Para que el reino de Dios avance completamente, Dios tiene que llamar primero a un remanente para atraerlo hacia sí—un pueblo gobernado por Su Espíritu (Romanos 8:14 y 19) y llamados según Su nombre—un pueblo de otro camino.

Desafortunadamente este remanente solo quiere avanzar un tanto, para después edificar una torre. Este es el caso de Israel. En Hechos 7, Esteban reprende a los líderes judíos por esta misma cosa.

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